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31/5/12

Semana de Alien (II)



Aliens
El enfoque del megalómano James Cameron es completamente distinto del de Ridley Scott. Aliens (en España venía con la coletilla de “el Regreso”) es una película de aventuras con monstruos, y, aunque los momentos de tensión son numerosos, el suspense queda a un lado para ofrecer a una Ripley más peleona que nunca. Los marines, a cual más chuleta, están en la línea de los llamados “héroes de acción” de los ochenta, esos que Stallone ha reunido, como si de un asilo de la tercera edad atiborrado de esteoides se tratara, en la infumable Expendables y su secuela, que, aunque está por ver, nos tememos bastante morrocotuda. Bien que disfrutamos los de mi generación con esas ensaladas de tiros hiperfascistas. Cierto es que conservan su encanto, pero el trasfondo, si uno lo piensa, no puede ser más reprochable.
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Es curioso como Cameron ha copiado buena parte de su Aliens en Avatar, en particular en esa pelea (de roles invertidos) entre máquina y animal que conforma el clímax final de ambas películas. Tal vez la aparición de Sigourney Weaver en Avatar sea, entonces, más que un homenaje. En todo caso, el pulso del director estaba más fino hace veinticinco años: la película es trepidante, cine de acción en estado puro. Casi, casi tan buena como el original.

Lo mejor: Lance Henriksen en su papel de simbionte hecho pedazos

Lo peor: el tufillo macarra que destila

 

No es Fama, es Ripley & The Marines, el grupo de moda. No puede ser más ochentera la foto...



21/12/09

Infumable

Avatar
En Aliens, la segunda parte de la saga del monstruo más letal del universo, James Cameron y Sigourney Weaver masacraban a los pobres bichillos alienígenas sin compasión. Puede ser que el éxito (y la inmerecida tanda de premios) de Titanic y el cambio climático que nos predice Al Gore hayan hecho mella en el corazoncito del canadiense, de forma que ahora los alienígenas son los buenos y los marines los malos (y encima tontos). James Cameron, gran director de cine, se ha pasado regurgitando más de diez años este engendro que yo no me atrevo a llamar película. Y es que las cosas, cuando se piensan demasiado, se estropean; igual que un guiso se quema cuando lleva demasiado tiempo en la sartén. Además ha escrito el guión, que no pasa del medio folio, lleno de lugares comunes, y en el que se mezclan la batalla de Naboo del Episodio I de Star Wars con Parque Jurásico, y la velocidad con el tocino. Avatar, además de ser aburrida y mala, es increíblemente increíble, contiene escenas y diálogos vergonzantes (los más vergonzantes que recuerdo desde la malísima El Ataque de los Clones) y, sobre todo, es manida hasta decir basta. Qué pena que la película más esperada de la década sea esta gran decepción, en la que ni siquiera los efectos especiales son algo novedoso. Sr. Cameron: le agradecemos la intención de revolucionar el cine de nuestros días con una película monumental, nunca vista. Desgraciadamente, ya la hemos visto. Hemos visto El Señor de los Anillos, que está a años luz de su película, o Star Wars Episodio III, cuyos personajes tienen muchísima más profundidad (y ya es decir) que los que vemos en Avatar. También hemos visto otras películas en 3D qué resultan más entretenidas e incluso diría nítidas, como, sin ir más lejos, Monstruos contra alienígenas. Y con respecto a la dirección artística, no tenemos un universo tipo Tim Burton, ni siquiera un diseño creativo como Pixar, sino una creación Naif que mezcla los dinosaurios con los elfos de la noche del World of Warcraft, en un potingue con escaso encanto. Dicho esto, también me gustaría decir que aguantar dos horas y media con esas gafas incomodísimas es un suplicio, y que no merece la pena. En fin, estoy seguro de que la película también tiene cosas positivas, pero no las encuentro... ¡Ah sí! Las ganas que te entran de irte a casa y ponerte el DVD de la divertidísima Mentiras Arriesgadas (¿Será porque la película de Swarzi tiene un guión detrás? ¡Qué gran misterio, éste del cine!)

¿Sabes por qué parecen tan falsos los rostros por ordenador? Porque no tienen arrugas...

4/9/09

Mareo tecnológico

Películas en 3D
Se estrena en algunos cines un trailer extendido de Avatar, esa película en la que James Cameron lleva trabajando doscientos años. Supongo que no sabía que hacer con tanto dinero después del taquillazo de Titanic y, en lugar de comprarse una colección de Ferraris o dárselo a los pobres o gastárselo en vino (sin duda mucho más nobles acciones) se ha dedicado a revolucionar el mundo del cine con lo que promete ser la maravilla de las maravillas digitales. Yo he visto el trailer y me ha parecido que no hay para tanto; es más, me suena a una mezcla de ciencia ficción y fantasía sin mucho donde rascar, y con un diseño de personajes que no me ha gustado. En realidad, estas mejoras tecnológicas suenan a tapadera, a intentar camuflar la falta de ideas con fuegos artificiales. Da la impresión de que sería como decir que si lees una novela en uno de esos libros digitales es mucho mejor, porque claro, la pantalla LCD te hace sentir más cercano a las emociones de los personajes. Pues con esto de las 3D pasa lo mismo. El cine es una narración, así que da lo mismo que sea de dibujos animados, de actores reales, en 4D o en pantalla gigante o que te salpique agua, como en aquel sistema que despedía aromas en la butaca (menuda chorrada, por cierto). En 3D he visto Beowulf y también Monstruos contra Alienígenas y también alguno de esos documentales que proyectan en los Imax, y, francamente, está bien, es recomendable ir algún día, pero la sorpresa del hacha que vuela hacia el espectador tiene un límite (o éso espero). Es gracioso mirar hacia el patio de butacas vistiendo esas (antiestéticas pero incómodas) gafas. Y también alguna gente se marea un poco con tanto movimiento tridimensional. Yo me recuerdo de pequeño con esas gafas de papel rojiazules, viendo Jaws 3D y similares. No era su momento, pero es que quizá no lo sea nunca. Esas voces que proclaman que las 3D son el futuro, y que volverán a llevar a la gente al cine, van muy despistadas. Los cines volverán a llenarse cuando las películas vuelvan a ser arte, y sean creativas y no una colección de tiros y clichés. Y, sobre todo, cuando los blockbuster dejen de tratar al espectador como un imbécil. Será entonces cuando la gente vuelva a las salas, cuando merezca la pena gastar dinero por compartir con alguien el placer de disfrutar de una buena historia, bien contada, y que remueva un poquito esa materia gris que, día a día, con tanto videoclip de hora y media y tanta tontería, se va apagando, casi a la misma velocidad con la que las salas de cine echan el cierre.
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