El Hombre Tranquilo
John Ford se definía a sí mismo como “un tipo que hacía westerns”. Y por cierto que los hacía muy bien. Algunos han criticado precisamente que se dedicara demasiado a este género (entre otras tonterías como la "obsesión" por la cámara fija). Otros, en respuesta a su supuesto encasillamiento, dicen que, por ejemplo, El Hombre Tranquilo no es un western, sino (imagino) una comedia.
Yo afirmo que El Hombre Tranquilo es un western en toda regla. No solamente por la temática principal, la del héroe dentro de una comunidad pequeña que pelea una última vez aunque se juró no volver a hacerlo (que tan buenos resultados ha dado en Sin Perdón y en otras). Tenemos a todos los personajes de otras películas del Oeste de John Ford: el cura peleón, el borrachín simpático, o la presencia del paisaje, imponente, dando carácter a la película como si fuera un personaje más. Es cierto que este encuentro final con el destino (la pelea, esta vez a puñetazos, pero que pudiera haber sido un duelo a muerte del tipo Hasta que Llegó su Hora), y en general toda la cinta, es tomada muy a la ligera, con momentos muy divertidos, pero no faltan los momentos románticos o nostálgicos, los caracteres fuertes o las escenas de taberna.
El Hombre Tranquilo, película mítica y aclamada por doquier, sufre vista hoy (seamos sinceros) de algunos peque-ños lastres que la alejan de la perfección: los decorados de cartón piedra, la parsimonia de algunas escenas y, sobre todo, el discurso machista que, aún reflejando los años veinte de la Irlanda rural, provoca que el personaje de Wayne provoque cierto rechazo cuando -literalmente- arrastra a Maureen O´Hara para reclamar la dote. Aún así, la pareja de actores derrocha una química fascinante, y la pelea final, junto al famoso beso robado en la puerta (el que salía en E.T.) la hacen merecedora de un altar entre las grandes películas de la historia del cine.
Y otro beso de película...