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4/9/13

Lincoln

 
 
Un clásico en el buen sentido
En estos tiempos convulsos lo mejor es refugiarse en las películas, en las que todo parece ser real pero es mucho más sencillo que en la realidad. Un ejemplo: la negativa del parlamento británico a apoyar el ataque a Siria (ya veremos a ver dónde queda todo éso…) me ha recordado a la última película de Spielberg, y a la aprobación de la treceava enmienda. Parece ser que, en algunos países y en algunas épocas, los políticos toman decisiones independientemente del grupo al que pertenecen. Y con un cierto sentido de la justicia. Algo que desgraciadamente no se da en la España actual.
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Volviendo a Lincoln: Steven Spielberg está empeñado en educarnos, en servirnos lecciones de historia y ética, en reivindicar a las minorías. Algo que siempre se le critica, pero que desde Tururú apoyamos. Es cierto que a veces su cine es sensiblero, quizás manipulador, no siempre enteramente fiel a la verdad. Pero, frente a otras películas vacías, descerebradas o ultra violentas, el cineasta se ha mantenido fiel a su espíritu de superación, no exento de cierta propaganda pero siempre de mimbres sobresalientes: técnica impoluta, planificación milimétrica, producción superlativa, y, en general, calidad muy por encima de la media, incluso en sus películas más mediocres.

 
Lincoln es ante todo Daniel Day-Lewis. El mejor actor de nuestro tiempo se transforma en el presidente de los Estados Unidos y da un auténtico recital. Pero su interpretación se ve aupada por el cariño con el que el director nos muestra al personaje, por cómo ilumina su silueta o cuida sus movimientos. El éxito de esta recreación de Lincoln se debe a un tándem actor-director como pocas veces se ha visto. Los demás actores de la cinta también están impresionantes: Tommy Lee Jones, Sally Field y, a destacar, un irreconocible y brillante James Spader.
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Lincoln es, también, una de las mejores películas de Spielberg. Una auténtica lección de historia, sí, pero también un film de diálogos interesantísimos, complicado, que trata al espectador como a un adulto y no como a un adolescente medio idiota, que requiere de atención constante y que recompensa sobremanera tras su visionado. No hay nada que objetar a la narración, no hay finales lacrimógenos e impostados (al igual que ocurre en La Lista de Schindler, en Salvar al soldado Ryan o en A.I). No hay apenas fisuras en una cinta seria, de guión robusto, clásica en el mejor sentido de la palabra.


 
La victoria de Argo en los últimos óscars, y el premio al mejor director para Ang Lee por la mediocre La vida de Pi, son un insulto para una de las mejores películas de este siglo, seguramente la mejor de Spielberg desde su obra maestra absoluta, La lista de Schindler. Se demuestra así que los premios del cine están directamente en manos de imbéciles o sobornados (o ambas cosas). Se demuestra también, con esta cinta, que en el cine de Hollywood todavía hay espacio para las sorpresas, y que aún puede ofrecernos obras maestras como este Lincoln.
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Lo mejor: actores, guión, dirección, fotografía, producción…
Lo peor: Joseph Gordon-Levitt, y la escena que abre la cinta. Nada es perfecto.




 
 

21/9/11

Nine




Añorando a Fellini
Unos años después del éxito del musical Chicago, Rob Marshall, coreógrafo reciclado en director y productor, se embarcó en la adaptación de Nine, un musical de Broadway inspirado en la pieza maestra de Fellini Ocho y Medio. Para ello reunió un elenco de lujo, en lo que parecía ser una apuesta segura. Sin embargo, la película fracasó estrepitosamente en taquilla. Diríase que, si Chicago resucitó el musical en la década del dos mil –al estilo Bob Fosse nada menos-, Nine lo enterró definitivamente. Y con toda la razón.

Si los actores son de lo mejorcito, el libreto del musical un éxito contrastado, y la inspiración nada menos que la Roma de los estudios Cinecittá, los sesenta y Fellini, el culpable del naufragio no puede ser otro que el director. Desperdiciar al mejor actor de la actualidad, Daniel Day-Lewis, que trata sin ningún éxito de imitar al Mastroianni del film de cabecera, y de hacer algo así como cantar, debería estar tipificado con varios años de cárcel. La jugada, amigo Marshall, no cuela dos veces: si en Chicago el montaje (digamos, más bien, trucaje) conseguía la ilusión de ver, por ejemplo, bailar claqué a Richard Gere, de este golpe nos hemos quedado muy lejos: erráticas y sin carisma, Judi Dench, Kate Hudson, Nicole Kidman o Penélope Cruz sucumben a la caída de brazos generalizada. Solamente Marion Cotillard y Fergie aguantan el tipo, y no era fácil porque sus personajes tienen un desarrollo plano y lineal como esas corbatas finitas y rectas que llevaba el añorado Marcello Mastroianni. Una película, en resumen, plagada de estrellas, pero sin alma alguna. En fin, lástima.

Lo mejor: la fotografía.
Lo peor: el desperdicio de medios y talento en una película que no consigue llegar al espectador.





Be Italian, my friend. O al menos imita a Mastroianni, si te atreves claro.


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