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24/6/10

Un clásico

Vértigo
James Stewart sufre miedo a las alturas pero vive en San Francisco, la ciudad con las rampas más empinadas del planeta (con permiso de Lisboa). Por el camino, se enamora de su cliente poseído (una Kim Novak que Hitchcock no quería para su película, pero que está fantástica, a base de la tortura china para rubias marca del director, claro). La última media hora es una maravilla y el final es un mazazo que escupe el The End antes de que hayamos podido comprender qué es lo que ha pasado. Hitchcock elabora otra de sus obras maestras como el que no quiere la cosa. Dicen que la película es fetichista por aquello de convertir a una mujer en otra, en la que nos falta. Yo más bien creo que todo amor, no sólo el fetichista, consiste en éso, en olvidarse de los defectos, recoger y acentuar sólo lo que nos gusta (y si no, inventárselo), y construírse con ello un ideal, nuestra pareja soñada. Después, el amor se muere, el castillo de naipes e ilusiones se derrumba y nos queda sólo lo que somos (que desafortunadamente, no es mucho). También nos dice la película, entre persecuciones y McGuffins, que no puede uno escapar a su destino: de enamorarse otra vez de la misma persona (como veíamos hace unos días en Olvídate de mí), pero también de esa imposibilidad de escapar de lo que nos ha sido asignado. El retorno al campanario de la antigua misión española, como colofón a todos los intentos de Stewart por convertir a Novak en lo que fue, es sencillamente soberbio. Bueno, como el resto de su metraje. Si digo que es imprescindible me quedo corto, y además, seguro que ya todos la habéis visto.


Otra pieza maestra: el cartel y los títulos de Saul Bass. Grande.
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