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27/9/11

True Grit




Una del Oeste

Poco tiene que ver este True Grit con la película que le valió el oscar a John Wayne allá por el 69 -dirigida nada menos que por Henry Hathaway-. Los hermanos Coen vuelven a contar con Jeff “el Nota” Bridges en esta nueva adaptación de una historia sencilla pero efectiva: la huérfana que contrata a un mercenario en busca de venganza (o justicia, porque la línea que separa ambos términos es muy fina. Y muy subjetiva también. Lo malo no es que el cine del Oeste aplique el ojo por ojo, sino que más de cien años después lo sigamos aplicando. Recuerdo el último caso de un condenado a muerte en Estados Unidos, hace muy pocos días: simplemente otro ejemplo de algo que debe de desaparecer, esperemos que más pronto que tarde (aunque es ya muy tarde sin duda).

True Grit cuenta con una fotografía magnífica y un elenco actoral fantástico. La dirección de los Coen es soberbia como casi siempre; aunque yo, particularmente, prefiero cuando se ponen serios a sus comedias (y, en particular, cuando utilizan la violencia para provocar la risa, lo que yo no encuentro para nada divertido). No me queda muy claro, sin embargo, (y ojo, SPOILER) esa escena en la que la chavala protagonista consigue su venganza, aunque ya vamos viendo últimamente, desde El Señor de los Anillos al último Batman, que el héroe no necesita actuar en defensa propia para cobrarse la vida de su enemigo (y  FIN del spoiler). Este detalle, y esos estallidos de violencia súbita que tanto abundan en el cine de los Coen, nos alejan de la obra maestra que hubiera podido ser. Aunque se queda muy, muy cerquita. Las lecciones aprendidas de John Ford (entre ellas, el uso del paisaje como un caracter más de la película) dejan muy buen sabor de boca en este True Grit. Una buena película, otra más, dentro de un género plagado de buenísimas cintas. Muy recomendable.

Lo mejor: la fotografía y la composición de escenas. Sobresalientes.
Lo peor: ciertamente, nada de importancia.



Y algunos momentos hasta recuerdan a "Centauros del Desierto"...

27/6/10

La Columna de Corto

Mi buen amigo Corto Maltés, colaborador ilustre de este blog, nos regala este texto sobre los hermanos Coen y el sentido de la vida. Lean, lean.

Un tipo serio

La vida no es como el cine. Imaginemos que uno se levanta por la mañana y sigue su rutina habitual. Supongamos, por ejemplo, que ese día uno tiene un reconocimiento médico y luego tiene que ir al trabajo. Digamos que uno es profesor universitario: atiende en su despacho a un alumno, imparte una clase, le transmiten el recado de varias llamadas de teléfono que no le da tiempo a responder. Se marcha a casa. Todo ello vivido con absoluta indiferencia, sin nervio; quiere decirse, sin que uno espere que suceda ese día nada extraordinario. Así la vida cotidiana de cualquiera de nosotros, exenta de épica de ningún tipo.

Pero ¿quién no se ha imaginado alguna vez que su vida es una película? Revivamos con esta perspectiva todo lo anterior. O mejor, supongamos que somos testigos de los hechos, como los espectadores de una sala de cine. Vemos como el personaje llega a su casa, conversa con su mujer (que está enfadada), sus hijos le responden de forma impertinente, tiene que subir al tejado para arreglar la antena de la televisión, que se ve mal; sucesos que a veces parecen aleatorios, a veces sorprendentes o incluso injustos. Al contrario que en la vida real, en la que las cosas parecen, a veces, deslizarse intrascendentemente junto a nosotros, el hecho de ver esa historia en el cine hace que esperemos que pase algo, que las cosas que vemos tengan una razón de ser que las haga memorables, dignas de ser contadas.

Volviendo a la historia, digamos que el protagonista, ante la circunstancia evidente de que sus asuntos cada vez van peor (su esposa le deja por otro, tiene que mudarse con su hermano a un motel, siente la amenaza de perder su trabajo), también busca una explicación a sus desgracias, una razón de ser de lo que le pasa. Acude sin éxito a consultar a su abogado, también a varios rabinos -es judío, reflexiona sobre su vida; quizá el Altísimo le castiga por algo horrible que ha hecho pero no es capaz de identificar, acaso Él conoce el sentido de todo lo que le pasa y sólo cabe resignarse ante Su voluntad. Nosotros, espectadores silenciosos e impotentes, asistimos al espectáculo de su derrota paulatina también esperando una respuesta –una lógica a la historia, cada vez más catastrófica. A veces nos reímos de los sucesos, pero acto seguido nos revolvemos inquietos en la butaca, porque intuimos confusamente que lo que le acontece a este anodino personaje le podría ocurrir a cualquiera, también a nosotros mismos. Es rara esta película, en que todo parece un tanto arbitrario, un poco como sin sentido.

Acaba el filme (abruptamente), se encienden las luces y salimos de la sala; quizá esperábamos otro final que explicase mejor las cosas, que nos diese una razón explícita, última, de todas las desgracias a las que hemos asistido. Digamos hipotéticamente que ya fuera del local –es de noche y hace algo de frío–, dudamos sobre el camino que hemos de seguir para volver a casa. Finalmente nos paramos en un paso de peatones. Cambia el semáforo y empezamos a cruzar la calle, la cabeza aún dándole vueltas a la película, al trabajo pendiente del día, a lo que haremos de cena un rato más tarde, para coincidir exactamente en el mismo momento y en el mismo lugar del universo con un coche negro, a más de cincuenta por hora, que no ha visto el disco en rojo. La vida misma.

4/5/10

Triple tirabuzón con red

El Gran Salto
Lo peor de esta película es que, en muchas escenas, (sin duda, en demasiadas), no sale Paul Newman. En la versión original, su voz potente se merienda a Tim Robbins y a los hermanos Coen de una sentada, sin ningún esfuerzo. Como otras muchas películas de este tándem notable, el principio promete mucho y la resolución no está a la altura. Sin embargo, en este caso los personajes no se vuelven locos y empiezan a matarse entre ellos, y de hecho no hay ni una pizca de violencia en todo el metraje. Gran noticia, por cierto. Nos queda una comedieta con hallazgos notables, co-escrita por Sam Raimi (¿alguien sabe por qué Bruce Campbell sólo sale en películas de Sam Raimi?) y que de puro tontorrona y a veces surrealista da gusto ver, con la cabeza medio vacía (algunos ya la llevábamos medio vacía de serie, bien es verdad) y un poquito antes de irse a dormir, con una media sonrisa. Ojalá todas las comedías tuvieran algunos puntos tan brillantes como tiene ésta, y sobre todo, tuvieran a Paul Newman pululando por ahí. Tener a un actor así de secundario no es un gran salto, es un circo de trapecistas con red. O sea, valor seguro. Ya dicen que siempre son los mejores los que se van.


Dos actorazos compartiendo sonrisas.

23/11/09

Celuloide quemado

Quemar Después de Leer
Desde Muerte entre las Flores, allá por 1990, los Coen no han vuelto a hacer una película redonda, qué lástima. Personalmente, esa mezcla oscura en la que los momentos de extrema violencia se alternan con la carcajada más inocente no me va mucho, y menos aún, ese límite que suele estar presente en sus películas, en el que no sabe uno si reír u horrorizarse. En esta Quemar Después de Leer se repite el esquema que a mucha gente gusta de Fargo: esos criminales de pacotilla a los que la jugada les saldrá mal, con personajes que caen simpáticos, que están completamente locos, y que en un momento dado empezarán a matarse los unos a los otros, como única solución a sus conflictos. Al respecto de este último punto, y como yo soy de natural sensible (aunque no lo parezca) cada pie metido dentro de la picadora y cada asesinato a hachazos que se nos muestra me provoca un inmediato distanciamiento de la película, y a la hora del examen, dos puntos menos. Sin embargo este acercamiento a la violencia medio en broma, medio en serio, es cada vez más frecuente; pero bueno, no hagamos sangre en éso (nunca mejor dicho) porque yo parezco ser el único blandito en mi cruzada contra las escenas de violencia explícita que vacas sagradas del cine americano como Scorsesse, Tarantino, los Coen e incluso Spielberg añaden a algunas de sus películas, imagino que, desgraciadamente, con fines comerciales. Pero bueno, es la sociedad, uno le compra el Gran Theft Auto a un niño de 10 años y luego se sorprende de que le pegue al vecino con un bate de béisbol para robarle 20 euros. Bueno, a lo que íbamos, Quemar Después de Leer es una cinta de personajes bien definidos, con una historia un poco pillada por los pelos y un final no resuelto. Bajo la apariencia de película amable, ya la música nos avisa de que van a suceder cosas terribles; pero es curioso que, con esos señores paranóicos, adúlteros, medio idiotas, agentes del gobierno ineptos, todos ellos rastreros; es curioso que pese a todo sean los caracteres tan reales, tan creíbles. En fin, entretetiene y, lo mejor, sólo dura hora y media. En alguno de mis post tendré que reivindicar las películas de noventa minutos, que en paz descansen.



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