Lo peor de esta película es que, en muchas escenas, (sin duda, en demasiadas), no sale Paul Newman. En la versión original, su voz potente se merienda a Tim Robbins y a los hermanos Coen de una sentada, sin ningún esfuerzo. Como otras muchas películas de este tándem notable, el principio promete mucho y la resolución no está a la altura. Sin embargo, en este caso los personajes no se vuelven locos y empiezan a matarse entre ellos, y de hecho no hay ni una pizca de violencia en todo el metraje. Gran noticia, por cierto. Nos queda una comedieta con hallazgos notables, co-escrita por Sam Raimi (¿alguien sabe por qué Bruce Campbell sólo sale en películas de Sam Raimi?) y que de puro tontorrona y a veces surrealista da gusto ver, con la cabeza medio vacía (algunos ya la llevábamos medio vacía de serie, bien es verdad) y un poquito antes de irse a dormir, con una media sonrisa. Ojalá todas las comedías tuvieran algunos puntos tan brillantes como tiene ésta, y sobre todo, tuvieran a Paul Newman pululando por ahí. Tener a un actor así de secundario no es un gran salto, es un circo de trapecistas con red. O sea, valor seguro. Ya dicen que siempre son los mejores los que se van.
Dos actorazos compartiendo sonrisas.


