2012 es una digna película de catástrofes, que no se toma demasiado en serio, y que, aunque resulta un poco larga, tiene buenos actores y buenos medios. Encantará a los aficionados y resulta entretenida y a veces emocionante, con tanta carrera y tanto escaparse por los pelos de todas partes. Vamos, que me ha hecho gracia, de puro tontorrona. Ni que decir tiene que esos terremotos de ordenador, de cartón piedra y gentes de mentira, nada tienen que ver con las noticias que estamos viviendo estos días. Tampoco hace falta decir que, si un tsunami de 10 metros monta este tinglado, una ola gigante de tres km, como se plantea en la película, dejaría todo hecho una pena y los supuestos supervivientes vivirían (no demasiado tiempo, claro) en un bonito paisaje verde plutonio. Seguramente no hay palabras para transmitir el horror de una tragedia que se repite, como si no hubiera otra salida para la humanidad salvo enfrentarnos a desastres cada vez mayores, hasta que al final uno de ellos sea el definitivo. Se contenga finalmente el problema en la central japonesa o no, la sensación de haber llegado a un punto de no retorno es abrumadora, un punto en el que no podemos vivir sin energía, pero en el que la energía nos terminará destruyendo. Sin ser un experto en teorías apocalípticas, tal vez esa Atlántida de energías increíbles que desapareció tragada por las aguas era más bien un mensaje de futuro cortesía de Platón. Tal vez Nostradamus no se quedó tan lejos, tal vez los mayas al predecir el 2012 estaban solamente dándonos unos meses de cortesía, porque tal vez el calendario luce mejor si se completa esa esquinita que sobraba, rellenada con días que nunca existirán.
Tururú lanza dos mensajes modestos: uno de apoyo al pueblo japonés, el otro, rotundo: Nuclear NO.


