Parece ser que términos como la libertad de expresión y el arte vienen a ocupar el hueco vacante que deja la religión en cuanto a las creencias del respetable, dándonos la oportunidad de perpetrar todo tipo de barrabasadas en su nombre. Si en el siglo XIII se hacían las cruzadas en el nombre de Dios y de Alá, ahora en el nombre de la creatividad personal y de la libertad de expresión vamos camino de perder lo único que a los humanos nos diferencia, como especie, de los animalitos –que son más nobles y menos pícaros, los pobres, por eso siempre llevan las de perder-. Con la excusa de respetar la libertad de expresión, hordas de internautas se permiten robar por la cara el trabajo de otros, artistas o no. Lamentable. Con la excusa de estar haciendo arte, sinvergüenzas que se llaman artistas se dedican a malgastar su dinero –y el de organismos públicos, que es peor- con perfomances disparatados o repugnantes – o ambas cosas-. Una penita.
Todo esto viene a cuento por lo del festival de Sitges (pero también por el dichoso human centipede y las entregas de Saw y demás patrañas de mal gusto) y la actuación de la fiscalía acerca de esa película que intuyo inmunda y que, por supuesto, no veré (de no ser que me toque ser jurado, claro). A quien habría que meter en la cárcel es al señor que ha ideado escenas tan macabras, pero, como además las leyes están para cumplirlas, si el exhibidor ha incurrido en delito, debe de responder ante ello. El Festival ha recibido múltiples apoyos en nombre de esa supuesta libertad de expresión, pero a mí me enseñaron de pequeñito que la libertad de uno termina donde empieza la libertad y el respeto a los demás, y nunca la gente llega suficientemente advertida ante lo que se va a ver en una pantalla de cine. Y el golpe psicológico puede ser mucho mayor que la agresión física. Por eso, quizá ya va siendo hora de decir que no, que no todo vale en el nombre del arte; hora de que recuperemos un poco de cordura y buen gusto (dejándonos de transgresiones ofensivas, que ya somos mayorcitos y ya sabemos que provocar es muy fácil); hora de que digamos por fin que ya basta de chorradas, antes de que tanta mierda de artista, que diría Duchamp, nos llegue al techo.
El final del mal gusto, que llegue cuanto antes...

