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2/11/11

Sin Perdón




Western imprescindible
Complicado enfrentarse a una película tan grande, de la que ya prácticamente se ha dicho o escrito todo lo posible. Convertida en un clásico desde el mismo momento de su éxito en los oscars, su leyenda, como la de William Munny, no ha parado de crecer y es un imprescindible de cualquier filmoteca. Sin Perdón no es solamente un gran western, uno de los mejores en un género con multitud de obras maestras, sino una de las mejores películas de la historia del cine.

Y sin embargo, no se trata de una película fácil, ni de analizar, ni de disfrutar. La sencillez de su trama esconde en realidad una reflexión mucho más profunda, y unos personajes tremendamente ambiguos y complejos. Es fácil identificarse con Munny en su añoranza de su mujer difunta, en ese intento de escapar de su pasado. Eastwood recoge los personajes que le hicieron famoso, empezando por Harry el Sucio o los vaqueros del spaghetti western, y les hace conscientes en Sin Perdón de su condición de monstruos, de todo el horror que traen consigo, y de la inevitabilidad de su destino, aunque se trate solamente de la última vez.



Tras múltiples visionados, es difícil no sobrecogerse ante la brutalidad de las palizas de Little Bill o de las muertes crueles, tan desnudas y lamentables, de los dos vaqueros cuya cabeza es puesta a precio. No hay ningún personaje libre de pecado en esta película, ni tan siquiera los secundarios: empezando por las vengativas prostitutas, y siguiendo por el cronista cobarde que se cambia de bando o el encantador asesino que es Bob el Inglés, convertido en la víctima después de ser tantas veces el ejecutor. Esa dualidad de los personajes (el asesino terrible cuya venganza transforma en héroe, el sheriff que para conseguir la paz no duda en quebrantar la ley con insoportable violencia) hace volar a la película hasta extremos raramente alcanzados. La solidez y complejidad de los caracteres (apoyados en interpretaciones memorables) es la cumbre del cine de Eastwood, llegando a cotas que, en su fantástica carrera como director, ya no alcanzará, ni tan siquiera en piezas tan aclamadas como Mystic River o Los Puentes de Madison County.


Para redondear la función tenemos una fotografía soberbia, a juego con todo lo demás: la música, los escenarios, o esa presencia pesada de la lluvia que augura el inevitable clímax final. Es difícil no sentirse identificado cuando Eastwood entra en el saloon, y apunta con su rifle al malvado Little Bill, por mucho que el asesinato a sangre fría nos repugne, por mucho que le sepamos asesino de niños y mujeres. En esa identificación que nos asusta reside el secreto de la película: en mostrarnos, desde dentro, como conviven en todos nosotros el ángel y el demonio, el héroe y el villano, el odio y la violencia con la misericordia, la venganza con la compasión. Pocas películas pueden presumir de eso. Sin perdón es un imprescindible necesario, aunque nos haga revolvernos en la butaca, aunque no tengamos nunca del todo claro si ésta es una historia de horror o de heroísmo. Seguramente porque, por mucho que el cine haya tratado de desligarlos, siempre, inevitablemente, ambas cosas van juntas.

Lo mejor: Eastwood, con su sentido del ritmo como director, su impresionante personaje y su manera, inimitable, de escupir unos diálogos memorables.
Lo peor: sin ser importante, creo que el chico es un personaje, aunque necesario, que no está a la altura de los demás protagonistas. Un pequeño borrón (nada es perfecto) pero no suficiente para escaquearle las cinco estrellas.




"...Y no había nada en la tumba para explicarle a la Sra. Feathers por qué su única hija se casó con un conocido ladrón y asesino, un hombre notorio por su carácter vicioso e inmoderado..."


7/9/09

Con Perdón

Gran Torino
Ésta es una de las películas que más me ha hecho pensar últimamente, sobre todo porque aún no he decidido si me gusta o no. Es extraño todo, primero porque es una película hecha con dos duros, en cuatro semanas, pero que tiene pinta de superproducción, quizá por ese cartel de Eastwood con el rifle, no sé. El guión parece improvisado, los actores no son profesionales, el personaje principal pasa de ser un gruñón a querer a sus vecinos casi de un salto, y hace un retrato de las bandas callejeras que parece irreal, aunque puede ser cierto (que espero que no, porque los cuatro amiguetes llevan armas que ríase usted del final de Grupo Salvaje). Al principio espera uno encontrarse con el típico personaje duro durísimo de Clint, tipo Harry el Sucio, y, a medida que avanza la película, con el justiciero Jinete Pálido (los que la hayáis visto, sabréis que está más cerca del segundo que del primero, por razones obvias). Da la impresión en todo caso de que en esta especie de testamento cinematográfico (porque es ésta su última película como actor) hubiera querido limpiar sus pecados, como si domesticara la violencia de sus películas anteriores ofreciendo otra alternativa, que en realidad no es tan distinta aunque lo parezca. En todo caso, yo prefiero la honestidad de William Munny (Sin Perdón es irrepetible, y es una pena), un tipo que no puede escapar a su destino, un borracho, un asesino que sólo así es respetado. De ese personaje magistral, en el que conviven el canalla y el piadoso, el porquero maltratado y el temido por todos, no queda ni rastro en Gran Torino, si acaso un poco del Sargento de Hierro, diluído como el azúcar en una mezcla de razas y mamporros que no me convence. La mirada de Eastwood sigue estando ahí; eso ya debería bastar para que merezca la pena dedicarle dos horas a esta cinta. Y si no, siempre podemos poner otra vez en el DVD los Puentes de Madison a ver si por fin Meryl Streep se decide a abrir la puerta.


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