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14/12/11

Sweeney Todd: el barbero diabólico de Fleet Street



Garganta rasgada

El bueno de Sweeney lleva ya muchos años cortando gargantas, pero hay que reconocer que el empujoncito de Tim Burton y Johnny Depp le vino de perlas para darse a conocer un poco más, pese a llevar ya dando vueltas por estos mundos desde mediados del siglo XIX. En efecto, el cuento original en el que se narran sus andanzas data de esa época –después vendrían la película de 1936 y el musical de Broadway que tuvo gran éxito en los años ochenta-. Sin duda que la historia está basada en hechos reales: tal vez, hoy en día, los rollitos de primavera de los restaurantes chinos no estén ya rellenos de sus difuntos compatriotas, pero me creo perfectamente que, en épocas de miseria extrema, más de una panadería vendía pastel de carne de una receta muy especial.

A muchos espectadores les horripilan los musicales, y otros no pueden soportar el cine de terror. Pues si no quieres caldo, toma dos tazas: Sweeney Todd lo tiene todo, canciones cursis y sangre, mucha sangre, por litros vaya. La película tuvo un éxito moderado, y, para mi sorpresa, se llevó el Globo de Oro a la Mejor Película de Comedia o Musical –lo que indica, simplemente, que no había nada mejor-. Creo que también Johnny Depp se llevó un premio, pese a que su Sweeney, en mi opinión, es lo peor de la película, enfocando el personaje como un psicópata muy serio en lugar del psicópata, algo más despistado y menos siniestro, del musical original. Hace un par de años asistí por cierto a una representación en el Teatro Nacional de Madrid, dirigida por Mario Gas, soberbia, muy divertida, mucho mejor que esta versión de Burton.

Este Sweeney Todd se me parece bastante a Sleepy Hollow, aunque ésta última me gustó más. Hay que reconocerle el reparto de campanillas, la ambientación soberbia del Londres del siglo XIX y el sentido del humor negro, negrísimo. La imagen que cierra la película, con esa escena de la Piedad cubierta en sangre, es seguramente la más brillante y poderosa estampa que ha dado Burton, cumbre de ese romanticismo oscuro de nuestros días que llaman “gótico”. Sólo por eso merece la pena ver esta película (si soportas el visionado de esa cortina de glóbulos rojos claro)

Lo mejor: la buenísima historia en que se inspira y algunos despuntes del talento de Tim Burton
Lo peor: difícil de digerir



Sweeney siempre apura a fondo...

11/11/10

¿El mismo perro con distinto collar?

Alicia en el País de las Maravillas
No es nuevo eso de colocar personajes archiconocidos en otro contexto, en el estilo de los "What If" de los comic o, como en el ejemplo más claro que se me ocurre, en La Liga de los Hombres Extraordinarios, en la que los héroes de la Inglaterra victoriana se enfrentan, en un combinado imposible, a malvados extraídos también de otras novelas. Algo así sucede en esta Alicia de Tim Burton. Los personajes (o, más bien, su carcasa, porque el espíritu aparece dislocado y traicionado por el universo del director) viven una aventura distinta de las imaginadas por Lewis Carrol.

Contra lo que pudiera parecer, y pese a las críticas negativas, la película no sólo aprueba, sino que se coloca por encima de la media de los otros filmes de Tim Burton, un tipo irregular y chiflado que se mueve muy bien en el fantástico pero que no acaba de encontrar su sitio en la ciencia ficción. Entendida como lo que es, un cuento sin demasiadas pretensiones, esta continuación de las aventuras de Alicia deja escenas para el recuerdo y un buen sabor de boca, aupada en el universo recargado y genial que resulta de la mezcla del original y de uno de los directores más creativos, sino el que más, de nuestro tiempo. Visualmente abrumadora, aunque decepcionantemente infantil y precipitada a veces, la película se refuerza en la música y en unos caracteres llenos de detalle  pero de apariciones breves, lo que aconseja incluso un segundo visionado. Sigamos en esta línea Tim.

Lo mejor: la imaginería visual y, concretamente, los naipes de metal y las desapariciones del gato sonriente. Bravo.

Lo peor: Johnny Depp, perdido dentro del envoltorio, que no del carácter, del Sombrerero Loco.



(Y los gemelos, que son un puntazo, oiga)

8/1/10

Postre bienintencionado

Chocolat
Lasse Hallstrom se ha ganado un huequecito en mi olimpo particular con Las Normas de la Casa de la Sidra. La escena final me derrite y, en general, toda la película desprende un encanto clásico, con unos actores bien aprovechados. En esta Chocolat nos encontramos con un cuento de hadas, un film amable, con personajes queribles, buenos en general, todos con un tormento y una sonrisa. Me han gustado todos los actores, en especial Juliette Binoche, que se merienda en pantalla a Lena Olin (la mujer del director, si no ha habido divorcio, que cualquiera sabe). Es curiosa la asociación entre algo tan inofesivo e inocente como el chocolate y lo pecaminoso, prohibido u obsceno. Y, a la vez, la asociación del pecado con el gozo. En esta película, lo tradicional y las represiones de la iglesia son derrotadas por un viento que viene de sudamérica, y que trae mestizaje, sexo, libertad y tazas de chocolate caliente. El final se espera feliz, todo tienen un aliento cotidiano y al mismo tiempo mágico, y sólo hay un momento en el que esa aura se desvanece: la desaparición en la escena final, señal de que la película termina, de que el cuento de hadas pone los pies en la tierra, y de que, con ellos, la etapa feliz de la infancia y del chocolate sin complejos va a dejar paso a las dietas, a la diabetes y la represión. A mí también me gustaría que Juliette Binoche adivinara mi chocolate favorito, pero (ya es lástima) no siempre es el mismo.


27/8/09

Destripando a Dillinger

Enemigos Públicos
Entre tanto tiro y tanto primer plano de Johnny Depp (que se aburre, el pobre), esta última de Michael Mann tiene una cosa buena, algo es algo. Tiene de bueno que recuerda algunas escenas maravillosas de otras películas (tantas y tantas), a saber: el asesinato del primogénito de Don Corleone, la búsqueda de policías con malas pulgas capaz de tratar a los gángsteres como se merecen (lástima que echemos de menos a Sean Connery, aunque a mí el que me gustaba es Andy dondepongoelojopongolabala García), o esa escena genial en la que Paul Newman cierra los ojos mientras sus matones caen a cámara lenta alrededor. Nos cuentan en esta sucesión de fotogramas (película quizá sea mucho decir) que Dillinger a parte de ser un malvado con escrúpulos (pocos) era un romántico, y que la chica del guardarropa estaba deslumbrada, además de por su dinero, por las tonterías que le decía este pseudo Robin Hood de la orilla del lago Michigan, que se escondía detrás de los rehenes y que robaba a los pobres para dar buena cuenta del dinero en las carreras de caballos. Lástima que en la realidad el tipo se marchara con otra apenas encerraron a su amor platónico (gran heroicidad la de rescatar a una chica de una vida perra para que termine en la cárcel, pero el amor es lo que tiene). Eso sí, impagable como siempre Christian Bale, un tipo que no necesita actuar porque ya sus ojos delatan que está completamente loco, y en el que yo sigo viendo al niño del Imperio del Sol que no reacciona al abrazo de su madre (quién podría culparle tras una sesión intensiva de histrionismo con John Malkovich). También se supone que no es cierta esa escena en la que Dillinger entra en la comisaría como quien no quiere la cosa y a todos los agentes les parece bien con tal de que les deje escuchar el béisbol (menudo guiño éste al pasado de pitcher de Johnny). Claro, es que el FBI era muy tonto, casi tanto -deben pensar los productores- como los sufridos espectadores a los que Mr. Mann se empeña en torturar con mil versiones de la misma (aburrida, ruidosa) película.

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