La película
Judá Ben-Hur es un príncipe judío caído en desgracia en tiempos de la ocupación romana, por culpa de la mala fortuna en forma de teja juguetona y un algo más que amigo rencoroso. Condenado a morir en galeras, por el camino de su venganza y en la búsqueda de su madre y hermana, Ben-Hur conocerá a Jesucristo, a un cónsul romano y a un jeque árabe, para finalmente vencer a su enemigo en una carrera de cuadrigas y asistir a la crucifixión del Mesias y el posterior milagro.
Así de simple es la historia por todos conocida, pero hay mucho más. Está la maestría de William Wyler, una auténtica lección de cine con mayúsculas. Algunas escenas parecen estampas extraídas de los cuadros del Renacimiento (no es casual que el The End se sobreimpresione sobre una imagen de la Capilla Sixtina de Miguel Ángel), y casi todas tienen una composición y una profundidad fantásticas, como pocas películas pueden presumir de tener. Wyler arranca de Charlton Heston, un actor de presencia, muy limitado, la mejor interpretación de su carrera, y deja campar a sus anchas a un Stephen Boyd magnífico, en un personaje cruel y al mismo tiempo ambiguo.
La carrera de cuadrigas es un punto y aparte en la historia del cine, un prodigio de montaje, ritmo y certeza narrativa. Ha sido imitada mil veces con coches o incluso vainas espaciales, pero por supuesto nunca igualada. El que piense que la escena más importante de la película se dejó en manos de la segunda unidad, por supuesto no habla en serio, o toma a uno de los mejores directores de la historia por un idiota: una cosa es que algunas tomas de las cuadrigas cabalgando, que seguramente fueron cientos por la dificultad que entrañan, se rodaran sin que Wyler estuviera delante, y otra que la planificación previa y posterior, como es obvio, no correspondan a este inmenso genio. Qué lástima que las superproducciones ya no estén de moda, y que sea más rentable hacer películas en 3D en algún lugar perdido de Asia en turnos de 16 horas al día.
Hay muchas escenas que me gustan de Ben-Hur: la ya mencionada muerte de Mesala o cuando Judá intenta dar de beber a Jesús o el crescendo de los remeros, pero también la horizontalidad de la cueva de los leprosos, la moneda que deshecha el viejo ciego, las lanzas en la puerta, la lluvia sobre el Cristo crucificado siempre de espaldas. Me gusta que es una película religiosa en la que no todo es religión, en la que los judíos y los árabes son amigos, en la que hasta los decorados de cartón piedra desprenden encanto, en la que la sangre y las lágrimas se muestran sólo cuando se tienen que mostrar. No darle a Ben-Hur otra oportunidad sería un grave error: es una película infinita, y además, del cine bueno no puede uno cansarse. Así que, dicho ésto, y después de esta "Semana de Ben-Hur", ¿se nota ya que me gusta mucho?
Lo mejor: que existan películas como Ben-Hur.
Lo peor: no tener salud para disfrutarlas.
Qué bárbaro.









