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18/8/12

La Mejor Película de la Historia del Cine

Vertigo Vs Ciudadano Kane





La mejor película de la historia del cine ya no es Ciudadano Kane, la pionera ópera prima de Orson Welles, sino Vértigo, la aventura fetichista de James Stewart, dirigida por el maestro Alfred Hitchcock, cuya reseña podéis encontrar en Tururú aquí


Sorprende este cambio de opinión, que se debe, al parecer, a la incorporación de nuevos críticos, más jóvenes, en el jurado que realiza la lista. Más información, aquí



Lo cierto es que son dos peliculones, pero a mí, por lenguaje cinematográfico y significado en la historia del cine, me parece que Ciudadano Kane se lo merece más. Yendo más lejos, en plan llanero solitario, me parece que la mejor película de la historia es Ben-Hur, empezando por el aspecto técnico, pero sobre todo por la imaginería visual del gran William Wyler.

Y vosotros que opináis, ¿cuál sería vuestra película favorita para encabezar la lista?


4/5/11

Semana de Ben-Hur (y V)

La película
Judá Ben-Hur es un príncipe judío caído en desgracia en tiempos de la ocupación romana, por culpa de la mala fortuna en forma de teja juguetona y un algo más que amigo rencoroso. Condenado a morir en galeras, por el camino de su venganza y en la búsqueda de su madre y hermana, Ben-Hur conocerá a Jesucristo, a un cónsul romano y a un jeque árabe, para finalmente vencer a su enemigo en una carrera de cuadrigas y asistir a la crucifixión del Mesias y el posterior milagro.


Así de simple es la historia por todos conocida, pero hay mucho más. Está la maestría de William Wyler, una auténtica lección de cine con mayúsculas. Algunas escenas parecen estampas extraídas de los cuadros del Renacimiento (no es casual que el The End se sobreimpresione sobre una imagen de la Capilla Sixtina de Miguel Ángel), y casi todas tienen una composición y una profundidad fantásticas, como pocas películas pueden presumir de tener. Wyler arranca de Charlton Heston, un actor de presencia, muy limitado, la mejor interpretación de su carrera, y deja campar a sus anchas a un Stephen Boyd magnífico, en un personaje cruel y al mismo tiempo ambiguo.


La carrera de cuadrigas es un punto y aparte en la historia del cine, un prodigio de montaje, ritmo y certeza narrativa. Ha sido imitada mil veces con coches o incluso vainas espaciales, pero por supuesto nunca igualada. El que piense que la escena más importante de la película se dejó en manos de la segunda unidad, por supuesto no habla en serio, o toma a uno de los mejores directores de la historia por un idiota: una cosa es que algunas tomas de las cuadrigas cabalgando, que seguramente fueron cientos por la dificultad que entrañan, se rodaran sin que Wyler estuviera delante, y otra que la planificación previa y posterior, como es obvio, no correspondan a este inmenso genio. Qué lástima que las superproducciones ya no estén de moda, y que sea más rentable hacer películas en 3D en algún lugar perdido de Asia en turnos de 16 horas al día.


Podríamos seguir hablando bondades durante horas. No existe la película perfecta, ni siquiera lo es Ben-Hur, con sus once óscars (que fueron record hasta que la estúpida película del Titanic los igualó con la ridiculez por bandera), pero se queda cerca. Es fácil dejarse arrastrar por la odisea del protagonista, objeto de injusticia desde el principio, y quedar embargado por la emoción que transmiten la música y sus personajes. A pesar de ser larguísima, es tremendamente entretenida, como lo es Lo que el Viento se Llevó y otras grandes. Es obligatorio ver la versión original, porque desgraciadamente el doblaje en castellano es bastante mediocre, y, si bien en los personajes principales es digno, en los secundarios no está a la altura.


Hay muchas escenas que me gustan de Ben-Hur: la ya mencionada muerte de Mesala o cuando Judá intenta dar de beber a Jesús o el crescendo de los remeros, pero también la horizontalidad de la cueva de los leprosos, la moneda que deshecha el viejo ciego, las lanzas en la puerta, la lluvia sobre el Cristo crucificado siempre de espaldas. Me gusta que es una película religiosa en la que no todo es religión, en la que los judíos y los árabes son amigos, en la que hasta los decorados de cartón piedra desprenden encanto, en la que la sangre y las lágrimas se muestran sólo cuando se tienen que mostrar. No darle a Ben-Hur otra oportunidad sería un grave error: es una película infinita, y además, del cine bueno no puede uno cansarse. Así que, dicho ésto, y después de esta "Semana de Ben-Hur", ¿se nota ya que me gusta mucho?

Lo mejor: que existan películas como Ben-Hur.
Lo peor: no tener salud para disfrutarlas.



Qué bárbaro.

30/4/11

Semana de Ben-Hur (III)

La música
La soberbia música de la película fue compuesta por Miklós Rózsa, un artista que ya tardaba en aparecer por Tururú. Nacido en Budapest, cuando el Imperio Astro-húngaro todavía existía, Rózsa es un compositor cuyas piezas clásicas no alcanzaron la fama de sus bandas sonoras. Consiguió tres óscars, uno de ellos por Ben-Hur. Miklós Rozsa es seguramente el padre de la música de cine, más en el estilo clásico de Morricone y Barry que del de Williams o Shore, para algunos inferior (que no es mi caso, aunque hay que reconocer que a veces deja de ser melodía para transformarse en acompañamiento).

Para Ben-Hur, Rozsa recogió toda la grandeza militar del Imperio Romano con fanfarrias triunfales, junto a otros temas más intimistas, ya sea para ilustrar las (pocas) escenas de amor o las religiosas. Aporto un enlace para uno de mis temas favoritos: el test al que el Cónsul Arrio somete a Ben-Hur y a los condenados en las galeras, aumentando la velocidad en un crecendo musical de aúpa. A disfrutarlo otra vez.





28/4/11

Semana de Ben-Hur (II)

Ben-Hur y Mesala
Ben-Hur es querido por todos y de buen corazón. Mesala es malvado, mucho, y todos le temen y le odian. Ben-Hur conduce caballos blancos; Mesala, negros, como dictan los cánones del cine clásico. Wyler solicitó a Gore Vidal que trabajara en el guión de la película y fue él quien introdujo la idea de una pasada relación homosexual entre los dos personajes. Heston, que en paz descanse, ultraderechista ortodoxo, siempre lo negó, y Vidal ni siquiera está acreditado como guionista en los títulos de la película. Lo cierto es que no solamente esa relación está clara en la película, sino que explica muy satisfactoriamente algunos detalles de la historia. Mesala está decepcionado por la negativa de Judá a ayudarle en el gobierno, pero su crueldad para con Ben-Hur y su familia deben de estar motivadas también por el despecho y los celos. En la escena de su muerte, Mesala quiere conservar sus piernas por orgullo, pero también por coquetería, porque Judá no es solamente el enemigo, es el antiguo amor que vuelve para la última visita. Antes de expirar, Mesala aún tiene fuerzas para hacerle daño -por eso conduce un caballo negro, pero en cambio Ben-Hur, como Jesucristo, es capaz de perdonarle finalmente, aún antes de saber que su madre y su hermana están curadas-.

"No hay nada tan triste como el amor no correspondido", le dice Mesala a Judá, al tiempo que las dos lanzas permanecen clavadas juntas y ellos entrecruzan sus brazos en un brindis. También la relación con el Cónsul Arrio podría interpretarse desde un punto de vista homosexual (en particular, esa escena con Arrio encadenado tras el naufragio) y ello también explicaría que el Cónsul se fijara en él en la galera y que después le nombrara hijo adoptivo.
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Yo pienso que estos detalles, más o menos supuestos, no son una mancha en la película, como algunos creen, sino que la enriquecen. Lo cierto es que Heston transmite muy poco en las escenas Esther (los personajes femeninos son casi inapreciables en la cinta), pero cuando está brindando con Mesala saltan chispas, ¿sí o no?


27/4/11

Semana de Ben-Hur (I)

Ben-Hur y la religión
Clásico entre los clásicos, Ben-Hur ha vuelto a proyectarse esta Semana Santa en alguna (o todas) de las cadenas de la televisión española. Por encima de La Historia más Grande Jamás Contada, Quo Vadis o Jesús de Nazaret -otros pesos pesados de esas fechas-, Ben-Hur es seguramente la más famosa película sobre la Pasión de Cristo. Curiosamente, o precisamente por eso, Ben-Hur es mucho más que la historia de la vida de Jesús, y, si bien el componente religioso es protagonista en la última parte de la película, hay muchos otros atractivos en una trama que es, en el fondo, muy sencilla, pero que engancha, y cuyas connotaciones van mucho más allá. Y todo con una calidad fuera de escala.

Hay que reconocer que la Biblia contiene algunas buenísimas historias, y que los Evangelios son con todo mérito un best-seller, en el buen sentido (que también hay mucha castaña comercialoide por ahí). Existiera o no Jesús, fuera o no hijo de Dios, y, pese a todo lo malo que su figura ha conllevado con el tiempo (desde la Inquisición a los abusos a menores, pasando por el robo de niños en los hospitales y otros escándalos), lo cierto es que para la época (una época en la que los horrores del circo romano -espanto glorificado gracias a la gran pantalla, pero espanto bárbaro igual- eran tan sólo la punta del iceberg de la crueldad del supuestamente civilizado Imperio Romano) el mensaje de Jesús es tan moderno y tan grande que cualquiera pensaría que surgió en el siglo XVII de entre las vestimentas de algún papa inspirado. En estos tiempos en los que volvemos a la barbarie poco a poco (palizas porque sí en las grandes ciudades, racismos y discriminación, pero, sobre todo, un egoísmo y un desdén por el prójimo supinos) ese mensaje de “amar es mejor que odiar” puede parecer cursi o pasado, y, sin embargo, que bonito sería pensar un poco y tomarlo en serio y darse cuenta de que el altruismo es más satisfactorio que piratear películas o comprar un bolso.

La mejor escena de Ben-Hur no es la carrera de cuadrigas, ni la muerte de Mesala tras la carrera, sino ese plano en el que Heston ofrece agua al Cristo que carga la cruz, al igual que el hijo del carpintero hiciera mientras le llevaban a galeras. Es un gesto sencillo que cierra el círculo, en el que los dos protagonistas de la historia se funden en un instante y quedan conectados para siempre. Judá no encuentra alivio en la muerte de su enemigo, pero sí en el perdón. No hemos avanzado mucho en dos mil años, pero al menos sabemos el camino a seguir.


Wyler nunca muestra el rostro de Cristo en la película. El que sabe, sabe.
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