La Guerra de los Mundos
Es curioso ese sobrenombre de Spielberg, el Rey Midas de Hollywood, y esa etiqueta de director taquillero que recibió hace ya tantos años, aunque sea falsa. Sólo unas pocas películas de su filmografía son fáciles, las menos. En general, es un director oscuro, mucho, con escenas de tremenda violencia muchas veces, de terror, de personajes completamente locos. Spielberg está obsesionado con demostrar la bondad del ser humano, pero a la vez está fascinado por su oscuridad, por todo el mal que el hombre es capaz de hacer. Traicionado por esa fascinación, cada vez se cree menos sus héroes, y éstos van perdiendo fuerza a favor del horror. Bajo “La Guerra de los Mundos” se esconde precisamente éso: con la excusa de demostrar todo lo que un padre es capaz de hacer por sus hijos, se nos muestra un viaje hacia el horror y la locura; no solamente el que reparten las máquinas de guerra alienígenas (con su aparición apabullante, en unas escenas magníficas, seguramente nunca igualadas) sino -y especialmente- el de la gente que trata de escapar: la pelea por el último coche, o el personaje de Tim Robbins (actor que, literalmente, ensombrece al mediocre Tom Cruise, ya que el director se encarga de que Cruise aparezca en la sombra, dejando el protagonismo para Robbins). Las escenas de supuesto heroísmo carecen de la fuerza de la subida al ferry o, por supuesto, de esa puerta que se cierra tras el padre mientras la niña canta una canción ridícula. Cinta con altibajos, con un final bastante flojo, como bastantes más en la filmografía de Spielberg, la película demuestra una vez más varias cosas: que la marca Spielberg no es solamente él, sino también el grandísimo director de fotografía Janusz Kaminski, el oscarizado montaje de Michael Kahn, las soberbias partituras de John Williams, los efectos especiales de ILM siempre soberbios, y la producción de sus fieles. Y eso ya es mucho; pero, por si fuera poco, detrás de la cámara tenemos a un narrador superlativo, cuyo talento visual y su repertorio parece inagotable. Cada una de las escenas de esta película ha sido trabajada con un propósito: el encuadre, la composición, el movimiento de la cámara, la iluminación. Todo huele a la marca Spielberg, no el Rey Midas de Hollywood, sino el creador, el artista del séptimo arte, heredero aún en activo del lenguaje visual del cine mudo y de la narrativa de los grandes directores de la historia del cine.


