13/1/10

Animación old-fashioned

El Jorobado de Notre Dame
Si hay un heredero natural de los musicales clásicos de Hollywood, ése no es este par de películas de Rob Marshall tan oscarizadas u oscarizables, Nine y Chicago (que lo serían más bien de Bob Fosse, que no en vano había dirigido Chicago en Broadway), sino la época dorada de la Disney en los años noventa, que arranca con La Sirenita y La Bella y la Bestia y termina, diría yo, con este Jorobado de Notre Dame (aunque todavía tendríamos a un nivel musical soberbio Pocahontas y Hércules). Yo soy fanático de los My Fair Lady e incluso de Mary Poppins, y no me molesta que de pronto las gárgolas cobren vida y empiecen a cantar mientras la pantalla se llena de colores y anacronismos varios. Es más, me gusta, por lo que tiene de surrealista, de diferente. También me gusta mucho la animación tradicional, mucho más cálida, artística y meritoria (y costosa claro) que esos renderizados por ordenador tan sosos y planos a los que nos están acostumbrando. En este caso, los de Disney tratan de suavizar la adaptación del tremebundo clásico de Víctor Hugo, sin conseguirlo, claro. Como en esas películas en las que el final feliz es impuesto por la productora (Blade Runner, Ejecución Inminente), el trasfondo cruel de la novela -lleno de racismo, bajas pasiones, crimen, crueldad, feísmo en definitiva- no consigue quedar oculto entre los dibujos coloristas y las canciones bienintencionadas. La Corte de los Milagros está llena de pordioseros y tullidos, y Quasimodo es humillado por el populacho sin piedad. Ya sabemos que el malvado será el ganador y que Esmeralda morirá en esa hoguera de la que, milagrosamente, es rescatada (por cierto, en una escena tontorrona pero envuelta en un climax musical apabullante). Ya lo decía Victor Hugo, a los feos les va mal en la vida, y a los guapos, para qué contar.


Foto de la Familia Quasi

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