7/12/09

Con la Iglesia hemos topado

Ágora
2. Una reflexión sobre las religiones
Ojalá todos fuéramos a ver Ágora y obtuviéramos la misma conclusión: el sinsentido de las religiones, por una parte, y, especialmente, lo equivocado de la intolerancia, lo ridículo y animal que ésto resulta. No hay diferencias entre judíos, cristianos o paganos. Hypatia es una mujer de ciencia, y como tal, sabe que por encima de la cruz de madera y de las estatuas de Anubis están las estrellas y el cielo, y que nosotros sólo somos hormigas tratando de entender qué es lo que hay ahí arriba, cómo funciona. Personalmente, pienso que después de leer unos cuantos libros, hacer unos cuantos viajes y conocer a unas cuantas personas de todo el mundo, la respuesta lógica es el agnosticismo. No el ateísmo, porque el ateo, al negar la existencia de cualquier dios, tiene el riesgo de caer también en la intolerancia. El agnóstico se da cuenta de que los dioses son un invento del miedo y la ignorancia, pero no impone su creencia, y deja a los demás que piensen lo que quieran. Ése es el secreto. Ágora nos pone en las narices nuestro miedo, nuestra brutalidad, con esas masas sedientas de sangre que se conforman con la explicación más sencilla, y que castigan la duda con la muerte. Qué vacío, qué solo, qué ignorante y desnudo debe de sentirse el ser humano para tener que inventarse la figura de alguien mejor que él, omnipotente, que rellene los vacíos de la existencia con una explicación de cuento de hadas. De por sí, ésto no sería un problema; el problema es todo lo que ese culto lleva asociado por culpa de algunos maleantes disfrazados con hábitos: la degradación de la mujer, las guerras por la intolerancia, el sometimiento de los pueblos, las trabas a la ciencia, la opresión, el abuso; males que son comunes a casi todas las religiones monoteístas de este planeta. Es cierto que también se han hecho en el nombre de dios buenas obras: alfabetizaciones, lucha contra el hambre, arte religioso. Pero, en la medida en que se coharta la libertad del individuo y se somete su crecimiento intelectual, han funcionado a lo largo de la historia como instrumento de control y represión, con fines económicos o políticos. En definitiva, le agradezco a Ágora la proclamación valiente del sinsentido de matarse "porque mi dios es el verdadero". Todo el mundo debería ir a ver esta película sólo por éso. Todo el mundo debería pensar un poquito, quererse, disfrutar de la vida sin aguardar recompensas tras la muerte, y sobre todo, ponerse en los zapatos del otro y respetar a los demás. Aún estamos, por desgracia, muy, muy lejos de éso.


Dioses de cartón-piedra, ¿quizás es a propósito...?

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