20/5/10

La semana y media de Indiana Jones (II)

Indiana Jones y El Templo Maldito

Trepidante
Tres años después de la primera parte, Spielberg y Lucas entregan un salto mortal con tirabuzón: una película excesiva, gamberra, en dura pugna con En Busca del Arca Perdida por el podio de mejor película de aventuras de la historia. Harrison Ford es más Indiana Jones que nunca: camisa rota, bíceps de gimnasio, barba de cuatro días y viaje al lado oscuro incluído. Su aparición en las minas, con esa fotografía en rojo, látigo en mano y postura chulesca es sin duda la mejor presentación de un héroe desde la vuelta de Winchester de John Wayne en La Diligencia. Para muchos, es la peor entrega de la trilogía original, lugar que yo reservo para la (más flojita) tercera parte. Escenas como el número musical de apertura, el descenso desde el avión en balsa hinchable, el pasillo inundado de insectos (reales, por cierto), la operación a corazón abierto sin anestesia de Mola-Ran, la persecución de vagonetas, o la escena final en el puente, están grabadas en la retina de muchos que, como yo, asistimos hace veinticinco años a un espectáculo cinéfilo que nunca habría ya de repetirse. Hay quien tacha la película de oscura o de desagradable, quien se queja de que el personaje de Kate Capshaw está mal construído (el mismo Spielberg, sin ir más lejos) o a quien le parece todo un disparate increíble, un juego de niños, una aburrida sucesión de trompadas sin sentido. Porque no se dejan soñar, tal vez. Pero no es así, hay algo indescriptible en ese celuloide de rojo y humo. Algo que es mejor disfrutar como niños -otra vez- en la butaca. Indy busca fortuna y gloria por medio de las Piedras Sankhara, y nosotros, por el camino, nos lo pasamos pipa. Una montaña rusa poderosa e inmortal, mil veces imitada sin acercarse de lejos a su estilo, encumbrada a cine clásico por méritos propios.

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