10/11/09

Marcello y compañía

La Dolce Vita
Hace poco compré un DVD con La Dolce Vita y Ginger & Fred, ambas películas de Fellini, por un euro junto con un periódico. Ésto es lo que vale el arte hoy en día. Es una buena noticia, porque así puede llegar a todo el mundo. La mala es, quizá, que los Transformers 2 me hubieran costado veinte euros (es decir, que el Sr. Capital prefiere las explosiones y las niñerías, frente al estilo del maestro italiano. La historia de siempre, vaya). Hablar de La Dolce Vita, a estas alturas, es una empresa imposible (por cierto que está a punto de cumplir cincuenta años, y ahí sigue, tan fresca). Construída a base de episodios enlazados por un mismo personaje (que inmenso Marcello Mastroianni), la película nos habla del mundo del star system de Hollywood, pero también de los papparazzi (fue el personaje de Papparazzo quien dio lugar a la palabra actual), de la pobreza, de las fiestas que llevan a la decadencia y a la infelicidad. Por la película desfilan actores y personajes inolvidables, en especial Anita Ekberg (esa mujer que, más que diosa, ángel o demonio, es casa, es la casa de todos los hombres) y ese baño nocturno en la Fontana de Trevi, prodigio de carnalidad, plasmación del deseo en un pobre celuloide. La Dolce Vita es la Roma de finales de los cincuenta, es el Vaticano y San Pedro y los falsos milagros, es la vespa y los descapotables, el cabaret, la Via Veneto. La Dolce Vita es monumental, apasionante, soberbia. Perturbadora las más de las veces, no encontraremos ningún personaje limpio, pero, con sencillez, nos asomamos a sus dilemas psicológicos casi sin darnos cuenta. Qué gran sabiduría la de Fellini, qué gran director. Y qué cierto es, por muy obvio que suene.



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